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Para que vuelva Evita


*Por Ariel Magirena


Celebrar a Evita es celebrar el peronismo y la militancia. Frente a los evitadores de Evita, los que la traicionan intentado mellar al peronismo inventando colisiones entre ella y su gran amor y autor político, la militancia es el homenaje merecido en el camino que nos señalara sin ambages.


Es a Evita a la que se niega en el olvido o la postergación de las deudas de nuestra democracia. Se suspende a Evita en la suspensión de la demanda y de la lucha. Porque Evita es la voz de esa demanda que se funda en acción. Es la expresión palmaria de que la militancia es un desafío cotidiano. Que es la construcción social el cimiento de la voluntad política.

Contra los poderes constituidos y el consenso del relato que manipulan los mercaderes de la información no alcanzan los discursos de un gobierno. Las medidas sin demanda corren el riesgo de ser anécdota si no son carne del pueblo. Fue lo que preservó por décadas derechos que nos parecen ya incuestionables, y es la falta de esa carnadura la base de esa amnesia selectiva que supone avances en lo que es recuperación y lo que habilita el retraso para lo que necesitan los que esperan cuando ya no pueden esperar.

Evita es la garantía en la lucha de los logros populares: esos que costará sangre arrancar, si es que lo logran.

Evita significa lealtad, sin dudas ni condiciones, al proyecto de Perón que es la felicidad del Pueblo.

“Yo le pido a Dios que no permita a esos insectos levantar la mano contra Perón, porque ¡guay de ese día! Ese día, mi general, yo saldré con el pueblo trabajador, yo saldré con las mujeres del pueblo, yo saldré con los descamisados de la Patria, para no dejar en pie ningún ladrillo que no sea peronista”…

Intérprete genuina del pueblo que la ungió de santidad cuando Perón la propuso (en su condición de indio negada por la historia liberal) “jefa espiritual del movimiento”, Evita encarnó la mística misma de la militancia por la Patria justa, libre y soberana.

En el planteo genial del gran estratega Evita cumplió, afuera del Estado y las estructuras formales de la partidocracia, el papel que la colocó para siempre en la historia y la puso por encima de lo que jamás hizo otra mujer en los días de la humanidad. En sólo 7 años, desde su unión en amor y militancia con Perón, Evita cambió para siempre los destinos de los humildes de nuestro suelo y fue ejemplo para los pueblos del mundo.

No fue desde una banca que Evita consiguió el voto femenino sino construyendo la demanda entre las mujeres.

Siendo la primera afiliada del Partido Peronista Femenino encaró la lucha por los derechos de las mujeres considerándolas protagonistas, en contraste explícito con las feministas de su época que se colocaban en rol de víctimas o las que se extraviaban buscando competir con los varones en roles de varones despreciando aquellos que sólo las mujeres pueden cumplir.

“Donde hay una necesidad nace un derecho”, sentenció Evita para movilizar a los sectores antes adormecidos y siempre necesitados para hacerse escuchar. Y cada derecho fue acción, porque ir por más, o ir por todo no puede perderse en la futilidad de una consigna: es construir explícitamente cada “más” y cada “todo”.


Se manifiesta vacante en estos días quien pudiera ser Perón: sintetizar y conducir; ser estrategia y doctrina. Pero a 101 años de su nacimiento también se patentiza la ausencia de quien pudiera ser Evita: la militancia y el pueblo movilizado, consciente de su rol y sus derechos.

En estos días de abuso simbólico de su imagen, manipulando y traicionando su mensaje elocuente e irrefutable al pretenderla embanderada en micropolítica de secta, su prédica de unidad y su lucha señalan el camino que debemos recuperar sin pretextos.

Falta y nos hace falta, Evita. La impaciente y la insumisa. La del amor violento y la caricia masiva. La pasión de la inteligencia. La sangre brava de la revolución inconclusa. Necesitamos ser millones para que vuelva.

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